RodolfoTornello

RodolfoTornello 29 de Setiembre de 2017

departamento h


La muchacha, morocha y bonita, no había visto nunca al hombre al que venía a buscar. Sólo sabía, por los informes que había recibido de su supervisor, que sería la persona que llevaría un diario doblado debajo del brazo izquierdo, y que entraría al bar a las nueve. Consultó su reloj. Había llegado con tiempo de sobra. Entró y pidió un café con leche con dos medialunas. A las 08:59 se abrió la puerta. A las 09:01 volvió a abrirse. En las dos ocasiones fue para dar paso a hombres que llevaban un diario doblado debajo del brazo izquierdo. La muchacha tenía la misión de llevar con ella, hasta el departamento H de la dirección que le habían indicado, al hombre correcto. Era su primera misión: si lograba completarla con éxito, le haría seguir los pasos de su madre dentro de la organización.

 La muchacha se puso de pie. Dejó un par de billetes sobre la mesa y caminó en dirección a uno de los hombres, que tomaba un submarino en la barra.

—Buenos días —saludó la muchacha.

El hombre giró la cabeza y la miró sin reconocerla.

—Soy Verónica, la hija de Gerardo Paredes. ¿Se acuerda de mí? —Le encantó usar por primera vez un alias, le resultó divertido.

Pronunció el nombre al mismo tiempo que extendía la mano derecha para tomar la del desconocido. 

—¿No es usted el señor Guiñazú, Omar Guiñazú? —La muchacha no soltaba la diestra del hombre, que seguía sin poder reconocerla. Ella necesitaba tener un mínimo de diez segundos de contacto.

—No, señorita —respondió el interpelado con una amable sonrisa—, no lo soy. Pero, sinceramente, me encantaría serlo.

—¡Uy! Discúlpeme… —exclamó la muchacha, soltándole, ahora sí, la mano.

—Todo bien —El hombre volvió a su desayuno.

Una vez en la calle, la muchacha se dedicó a esperar. El segundo hombre era por aquel por el que había venido. 

Pocos días habían pasado desde su cumpleaños número dieciocho cuando, al volver del supermercado, la muchacha y su madre encontraron al hombre de la casa sentado en el sillón que siempre ocupaba para escuchar la radio cuando regresaba del trabajo. No respondió al saludo. No respondió a nada más.

Madre e hija abandonaban el cementerio caminando despacio, con esa lentitud que da saber que, desde ahora, para ver al ser amado —que hasta ayer las abrazaba con la fuerza de la ternura—debían cerrar los ojos y buscarlo en el país de los recuerdos cálidos.

No aceptaron la oferta de nadie para ser llevadas a casa en auto. No les interesaba demasiado abrir una puerta para no escuchar la radio y —peor aún— para encontrar el sillón vacío.

Cuando quedaron solas, la muchacha se aferró a la mano de su madre, como lo hiciera en los tiempos en los que ella la acompañaba a la escuela. Habían caminado una cuadra cuando la hija gritó, llena de terror. Lo que había visto la sobresaltó de tal manera que la madre, intuyendo la situación, hizo señas a un taxi para que parase.

—Eras vos, mamá —dijo la muchacha, sin salir de su desconcierto—, te lo juro. Estabas tirada boca arriba, en un baño público o algo así… —Trataba de hablar bajo para no ser oída por el taxista—. Y con la ropa manchada de sangre.

La madre recordó la estación central de Berlín, tres años atrás.

—Ya sé, ya sé —Apoyó la cabeza de la muchacha en su hombro—. Tranquilizate. Llegamos a casa y hablamos.

Le acarició el cabello a su hija. Sonrió: su estirpe se prolongaba.

—¿Vos me estás diciendo que si toco a una persona voy a saber todo sobre su pasado? —preguntó la muchacha como si quisiera pasar en limpio lo que su madre le había contado en la última hora, sentadas en la cocina.

La madre asintió con la cabeza.

—Si no lo hubiera vivido —comentó la muchacha, ahora más tranquila—, esta sería una de esas historias que nunca creería.

—La ciencia ficción nunca fue tu fuerte —bromeó la madre, buscando conseguir una sonrisa del otro lado de la mesa.

Se puso de pie al oír el silbido de la pava puesta sobre la hornalla. Cuando le ofreció a su hija el mate recién cebado, la muchacha no lo tomó de su mano. Se cruzó de brazos, como si buscara protegerse. Esperó que su madre lo apoyase en la mesa para aceptarlo.

—No tengas miedo —pidió la madre.

Por unos segundos, el ruido que indicaba que otro mate se había terminado fue todo lo que se escuchó.

—¿Cuánto tiempo? ¿Qué tengo que hacer para lograrlo? ¿Y si nunca puedo? —las preguntas se atropellaban en su boca. Como siempre que se ponía nerviosa, usó su mano como un peine y —también como siempre—  dejó todavía más revuelto su espeso cabello.

—Pará, pará —la madre le alcanzó uno de los sanguchitos, de jamón cocido y queso con pan francés, que iba preparando mientras charlaban.

La muchacha apenas probó lo que —se había encargado de dejar claro desde muy chica— era su comida favorita.

—No es lo mismo sin la mayonesa —dijo esto para dilatar las respuestas que, a la vez, estaba ansiosa por oír.

—Ya sé. Mañana vamos al super y te compras un frasco así de Ri-k —El gesto de la madre daba a entender que era consciente de cuánto le gustaba el aderezo.

La muchacha se rio. A la madre le encantó que lo hiciera.

—Mirá que te tomo la palabra —la desafió la muchacha, todavía entre risas.

—Más vale —sentenció la madre, antes de dar un sublime mordiscón a su sanguchito.

Los tres interrogantes se fueron despejando con lujo de detalles. Sin que se dieran cuenta, las alcanzó la medianoche, aunque ninguna había pensado ni por casualidad en irse a dormir.

— ¿Cómo es eso de que sos una cazadora? —continuó interrogando la muchacha, que de a poco iba terminando de comer.

— ¡Uy! Es una historia tan larga como la cola que había cuando fuimos a ver Toy Story, te acordás…

—Cómo no me voy a acordar. Dale contame… Cont…

El silbido de la pava sonó de nuevo.

—Dejá… Voy yo —dijo la madre, sin dar tiempo a que la muchacha hiciera nada.

El termo estaba por tercera vez lleno y la yerba nueva esperaba, de un momento a otro, dar inicio a otra ronda.

—La cosa fue así… 

De a poco, con cada palabra de su madre, la muchacha iba dejando atrás la ciencia ficción para pasar a una historia basada en hechos reales.

—Entonces somos: ¡las “Mujeres X”!

La madre festejó el comentario con una de esas carcajadas tan suyas que la muchacha siempre recordaría.

—Más o menos… Más o menos. Aunque en nuestro mundo no existe el profesor Xavier. Existe Tapia.

Al fin salió, pensó la muchacha, quien no había apartado la vista ni por un segundo de la puerta de entrada. Se había sentado en una de las sillas que el café tenía dispuestas en la vereda, desde donde puso a prueba toda su paciencia para esperar al objetivo. Se fijó que ahora el diario, todavía doblado, sobresalía del bolsillo derecho del saco gris oscuro del hombre. Tendrían que transcurrir unos veinte minutos para que conociera la sorpresa que se ocultaba entre sus páginas.

Lo vio hacer señas a un taxi para que se detuviera y lo escuchó insultar cuando el vehículo pasó a su lado ignorándolo.

Siguiendo las instrucciones que había recibido, se había asegurado de que la viera dentro del café. “Es muy importante que llames su atención”: esa era una de las directivas que le habían sido impartidas.

Celular en mano, fingió mantener una discusión.

El objetivo le dedicó una mirada escrutadora de pies a cabeza, y sin duda alguna aprobó la exploración.

Cuando el objetivo consiguió que un taxi se detuviera, la muchacha lloraba.

—Por favor, espere un momento— escuchó que le pedía al taxista, con el tono dulce en que un abuelo le habla a su nieto—. Ponga en marcha el taxímetro, que ya vuelvo.

La muchacha sollozaba, respetando su plan, y al oír la voz, levantó la cabeza. Las líneas negras del rímel corrido habían alcanzado su mentón.

—Muchas gracias —dijo la muchacha, aceptando uno de los pañuelos de papel que el hombre le ofrecía.

—Por favor: hoy por ti, mañana por mí —respondió el hombre—. Estoy con un taxi. ¿La acerco a alguna parte?

La muchacha volvió a sonreír.

—¡Uf…! No sabe el favor que me haría.

El hombre abrió la puerta y con un gesto invitó a la muchacha a subir primero al Chevrolet Corsa. Ella agradeció con una sonrisa leve y se cuidó de no tocarlo ni por un segundo.

El chofer asintió con la cabeza al conocer el primer punto de destino: el edificio, célebre por su altura, en la zona vieja de la ciudad.

El asesino consultó su reloj, aunque se lo veía con poco interés en saber qué hora era. Lo hizo más bien como un acto derivado de la costumbre. No tenía forma de saber que el costoso Omega estaba marcando sus últimas horas de vida.

—Mal de amores —dijo el objetivo, buscando conversar.

—Usted lo ha dicho. Quedamos en encontrarnos en el café para charlar, pero me plantó. Hace un rato me llama para decirme que está en el aeropuerto, que se va de viaje. Un asunto del trabajo, qué se yo.

—¿Y a qué se dedica su novio?

—Es creativo publicitario.

—Ah, mire usted, qué interesante.

—La cuestión es que me sale con que me armó unas cajas con mis cosas y que si puedo pasar a buscarlas lo antes posible. Lo antes posible, me dice el hijo de puta —La muchacha se llevó la mano a la boca—. Uy, discúlpeme. No suelo decir malas palabras, pero estoy tan enojada que…

 —No se haga problema —El hombre, complaciente, apoyó su mano derecha sobre la izquierda de ella.

La muchacha permaneció inmóvil hasta que hubo pasado el tiempo límite de diez segundos: las imágenes comenzaron a invadirla.

Lo que vio: de pie, rodeado de nieve, el hombre que ahora intentaba consolarla. En su mano, un puñal curvo como la luna menguante. Arrodillado, dándole la espalda, un sentenciado a quien la fría hoja le apagaría la vida.

Las imágenes provocaron en la muchacha un estremecimiento que bien podía ser atribuido al llanto.

—La dirección a la que usted va me queda de pasada —la voz del hombre devolvió a la muchacha al presente—, y la verdad es que estoy de paseo, soy un turista sin apuro.

La muchacha lo miró, expectante.

—Si le parece, la ayudo con las cajas.

Ella retiró su mano para poder usarla como un peine y así intentar disimular lo nerviosa que estaba. Finalmente, tragó saliva con disimulo, y se mostró complacida:

—Me salva la vida si hace eso.

 

Entraron en un edificio antiguo cuyo ascensor era de esos que tienen dos puertas de rejas corredizas. La muchacha ingresó primero a la caja de metal, ya que él, manteniendo su impostada galantería, le cedió el paso.

Subieron los siete pisos. Caminaron por un pasillo angosto con paredes que mostraban añejas manchas de humedad. En el trayecto, el hombre notó que la muchacha no podía evitar fruncir la nariz. A él —que se había criado a escasas dos cuadras de la fábrica de jabón cuya principal materia prima era la grasa de perros— le resultaban indiferentes los olores, incluyendo la hediondez de la orina de gato rancia que ahora lo inundaba todo. Llegaron hasta una puerta de madera lustrada, identificada con una gran letra “H” que parecía estar fabricada en bronce y que, a juzgar por la suciedad, llevaba años sin pulirse.

—La verdad, no tengo palabras para agradecerle —declaró la muchacha, después de hacer girar la llave en la cerradura.

—No tiene nada que agradecer —respondió él, dejando ver en su cara la sonrisa de los hombres buenos—. Como ya le dije, tengo tiempo de sobra. Además, me agrada hacer nuevas amistades.

Desde el pasillo se accedía a un living bastante amplio. Sobre las paredes color crema había algunos afiches antiguos de Coca Cola enmarcados, y varias imágenes icónicas de ciudades como París, Nueva York y Londres. Contra una de las paredes —la que miraba hacia la puerta de salida— había un sofá de cuero negro de tres cuerpos, y en el lado opuesto una pantalla de plasma rodeada de los parlantes de un sofisticado sistema de amplificación. El hombre no encontró ninguna maceta. Le gustaban las plantas, y lo comentó como de pasada.

La muchacha corrió las cortinas azules y abrió las ventanas de par en par, de seguro para dejar que entrase la luz del mediodía. Al instante, levantó la mano derecha, y se cubrió los ojos como si el sol la hubiese obnubilado.

—¡Cuántos buenos recuerdos me traen estas imágenes…! —suspiró, tras volver la vista y fijarla en el poster enmarcado de la torre Eiffel.

El hombre la ignoró, así como ignoró las cuatro cajas grandes clavadas en el medio del salón. Tenía la vista fija en la muchacha y en la señal que había hecho.

—Lamento lo de tu madre. Era una gran mujer.

La muchacha se sobresaltó. La botella de aceite de oliva que acababa de tomar de la góndola comenzó a caer cuando la voz grave de fumador experto apareció en escena. Antes del desastre, el recién llegado consiguió  atajar la botella y ponerla dentro del carro de la muchacha.

—Mi nombre es Jorge Tapia.

La muchacha le tendió su mano derecha.

—No hace falta —dijo Tapia—. Este no es un encuentro casual. Ahora que tu madre ya no está, necesito tu ayuda.

La muchacha permaneció inmóvil, firme como un granadero en la casa Rosada.

—¿Mi ayuda…? ¿En qué podría ayudarlo?

—Te acompaño y te cuento, si te parece.

Recorrieron los pasillos. El carro se fue llenando mientras la muchacha escuchaba.

—¿Cuánto tiempo tengo para decidir? —preguntó, ya en el estacionamiento, mientras acomodaba las bolsas en el baúl del Fiat Uno blanco.

—Tres, cuatro días, a lo sumo. Sabemos por nuestra gente en Kuala Lumpur que el hombre al que perseguimos hará un trabajo en la ciudad. Creemos que como máximo lo hará en un mes. Se suele reunir en bares muy concurridos. Su forma de identificarse con quien lo contrata es llevando un diario del día doblado debajo del brazo izquierdo.

Como siempre que se ponía nerviosa, la muchacha usó su mano como un peine y —también como siempre—  dejó todavía más revuelto su espeso cabello.

—Y si ya saben todo eso… ¿por qué no lo atrapan y listo? ¿Yo qué tengo que ver?

Tapia dejó que pasara a su lado una pareja que empujaba un carro.

—Su último trabajo salió mal. Una de las victimas sobrevivió. Por él tenemos los datos que tenemos, pero suponemos que a estas horas ya tiene otra cara. Es por eso que te necesito y además, si aceptás, tenemos que entrenarte.

—¿Entrenarme? —exclamó ella, un semitono por debajo del grito.

 Tapia habló de la exclusiva secretaría que dirigía dentro del gobierno.

—Me estás jodiendo. Parece todo sacado de una película de las que veía mi papá —. Lo que acababa de escuchar de boca de ese hombre que se vestía como salido de una novela de Raymond Chandler —pero sin el sombrero— se lo había dicho su madre la noche en que supo que ella era alguien diferente. Tapia sabía que ella sabía porque Tapia lo sabía todo—. ¿Cuándo empezamos?

El tirón de pelo, una súbita descarga de alto voltaje, la hizo gritar y perder el equilibrio. Pasó un instante antes de que se diera la cara contra el piso de madera lustrada. Giró para ponerse boca arriba y la nariz le empezó a sangrar. El asesino, parado frente a ella, había mudado su gesto de amable benefactor por el de otro personaje: el verdadero. Ese otro ahora empuñaba con su mano izquierda un kukri, el mismo cuchillo curvo que ella había visto en las imágenes del pasado. En el piso habían quedado las hojas del diario que protegían el arma.

—¡Espere…! —Intentaba hablar, con la boca empastada por la sangre que le caía de la nariz—. ¿Qué hace? ¿Está loco? ¿Qué le pasa…?

Las preguntas volvían a atropellarse en su boca, pero esta vez a los gritos. Y esta vez no tenía en frente a ella su madre, para tranquilizarla u ofrecerle un mate caliente junto con su comida preferida. Esta vez estaba sola.

Jorge Tapia estuvo a punto de saltar de alegría cuando recibió la señal de la muchacha desde la ventana del departamento H, el que ocupaba siempre que venía a la ciudad. Se había apostado en la terraza del edificio de enfrente.

—Entretenelo, entretenelo que voy para allá —dijo en voz alta, como si la muchacha pudiera oírlo.

El éxito de esta operación era lo que Tapia necesitaba para demostrarles a sus superiores que podían confiar en él. El grupo de personas que subían o bajaban el pulgar en cuanto a los asuntos de inteligencia en el país provenía de la vieja escuela. Eran seres escépticos, en cuyas estructuradas cabezas no tenía lugar una secretaría basada en los poderes paranormales de sus operativos. Pero él estaba a pasos —a un cruce de calle— de anotarse una victoria.

 

La muchacha se limpió la sangre con el dorso de la mano.

—Gracias —dijo, como un acto condicionado, cuando el asesino tiró a sus pies el paquete de pañuelos de papel que había abierto para ofrecerle uno en la puerta del café.

—Ahora vamos a esperar juntos para saber quién responde a tu señal. Ya vuelvo. Que ni se te ocurra moverte —Fue hasta la cocina, trajo una silla y se sentó.

 

Tapia subió por las escaleras; era más rápido y silencioso que usar el ascensor. Caminó descalzo por el pasillo. Los zapatos quedaron al pie de la escalera. Buscaba hacer el menor ruido posible.

Tres golpes en la puerta, según lo acordado. Un silencio roto solo por el ascensor que se ponía en funcionamiento. Otros tres golpes.

—Adelante —la voz de la muchacha sonó tranquila.

Se abrió la puerta.

Tapia, parado bajo el marco de la puerta, contempló la escena: la muchacha, con la blusa blanca manchada por los arabescos que había formado su sangre; el asesino, que la usaba como escudo humano, apoyando la hoja del puñal sobre su cuello.

Tapia no tendría más que una oportunidad.

—Buenas tardes…, ¿usted es…? —preguntó el asesino, engolando la voz para acentuar la ironía que se ocultaba en aquellas palabras, como quien se dispone a realizar una entrevista laboral.

—Soy el que va a poner fin a tu carrera, pedazo de mierda.

—Epa, ¡qué boquita…! —comentó el otro, sin alejarse del tono que había elegido utilizar—. Parece que llegó tu caballero andante, mi princesa en apuros— continuó.

—Soltala. —Tapia habló con la seguridad con que un bisturí se abre paso sobre un cuerpo anestesiado. No mostró un ápice de temor al impartir la orden—. La cosa es entre vos y yo.

—¿Estás seguro de que querés hacer esto?

—Sí —respondió Tapia.

Mientras los dos hombres se medían el uno al otro y sopesaban las alternativas para salir bien librados de la situación, la muchacha no hizo ademán de nada. Sólo una vez en todo el transcurso de la tensa conversación que mantenían quienes ahora le parecían viejos adversarios se limpió la nariz con un nuevo pañuelo, que dejó caer al suelo una vez usado.

El siguiente movimiento fue rápido. La bala actuó de manera precisa. Se ubicó entre sus ojos. El cuerpo cayó hacia atrás; el Kukri, hacia adelante.

Tapia desenroscó con agilidad el silenciador que había adosado a la Sig Sauer P226. El arma y el silenciador pronto encontraron refugio en los bolsillos de su sobretodo.

Tapia abrazó a la muchacha, quien dejó en libertad al llanto, como una forma de tranquilizarse.

—Ya está. Ya pasó todo. Hiciste un excelente trabajo. Tu madre estaría muy orgullosa.

 

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  • VERUM.news VERUM.news 2 Oct. 2017 08:17

    @RodolfoTornello nos gusto mucho el cuento! Lo queremos publicar en nuestro Facebook.
    ¡En Facebook es muy importante que tenga una foto! Si te gustaría pasarnos una foto a info@verum.news o le podrias agregar una foto al final del artículos.
    Saludos.